Sí, la historia es importante. Pero, muchas veces, la idea original lo es más. Es el caso de la inolvidable Yo Soy Betty, la Fea, historia original de un genio, el escritor Fernando Gaitán. Su hazaña: romper con arquetipos establecidos hasta entonces (1999). El primero: que la protagonista debe ser bonita. O si es fea o maltrecha (como alguna vez lo fue la también célebre y refriteada Rina, con su joroba), volverse bonita lo antes posible. Aunque utilizando el tan trillado cliché de la Cenicienta (presente en casi todas las telenovelas), aquí tuvo sus variantes: la fea, no era tan pobre, más bien de clase media. Y aunque al principio peca de ingenua y es víctima de burlas, su principal atributo es la inteligencia y hasta la astucia de la que más tarde se vale para convertirse en una fea aspiracional y digna de admiración, gracias a otra virtud (muy válida en este caso): su capacidad para vengarse de aquellos que la menospreciaron cruelmente, convirtiéndose (sin ella pretenderlo realmente) en presidenta de Ecomoda, la empresa, donde tanto la sobajaron, comenzando por su jefe, don Armando, (un bribón y fantoche de primera, quien, finalmente, se enamora de la fea, de su alma buena, su inteligencia y bondad. Y, claro, más tarde, Betty se vuelve guapa, muy guapa, consagrando, de paso, a su intérprete, Ana María Orozco a quien, más tarde, le resultó imposible deshacerse del fantasma de Betty la Fea, su gran creación que la marcó para siempre y que pasó a la historia, como una revolucionaria del género del melodrama, combinado hábilmente con la comedia. Fórmula que a partir de entonces, muchos quisieron copiar, sin buenos resultados. El que pega primero, pega dos veces. Y Betty, aparte de emblemática, se convirtió en única e irrepetible.

Tal fue su éxito y trascendencia que (como un hecho histórico y registrado en el Libro Guinness) 37 países compraron los derechos para hacer su respectivo remake. Esto, claro, además de televisoras que quisieron ahorrarse los derechos y pretendieron hacer su propia copia. Pero jamás, ninguna de las otras Bettys igualaron a la original ni lograron los 54 puntos de rating que llegó a conseguir la versión original.

 

Betty Lichita

 

Y ahora, la productora, 16 años después, la productora Rosy Ocampo (quien, por cierto, tuvo a su cargo la versión mexicana de Betty la Fea, convertida en La Fea Más Bella, exitosa, sí, pero jamás con el rating y, menos, el encanto de la original) insiste en que su nueva producción, Antes Muerta que Lichita, es una historia “original” y de ninguna manera, copia de Betty la Fea, a pesar de las evidentes similitudes entre Betty vs. Lichita.

No se puede tapar el sol con un dedo. La idea (sobre todo de la protagonista y su desarrollo como heroína) es casi igual. La apariencia, cambia, aunque Lichita también es cejijunta, como Betty. También es clasemediera, muy inteligente, víctima de burlas y buena persona, gracias al encanto que Maite Perroni le ha sabido imprimir. No trabaja en una empresa textil (como Betty), pero sí en una agencia de publicidad (como Lety, la Fea Más Bella), tiene un amigo, confidente y cómplice, como lo fue Tomás, con Betty… una sensual y boba peliteñida que ahora se hace llamar Chuchette, como una de las villanas… Esto, por nombrar unas cuantas similitudes, más las que se acumulen en su desarrollo que, seguro, no aportará grandes sorpresas o variantes, para quienes vimos Yo Soy Betty la Fea.

Lo diferente, quizás, el colorido (que por momentos cansa la vista) en las escenografías. Y también, los “chistes” a la fuerza y una que otra payasada (o pastelazo) que caracterizan a Antes Muerta que Lichita.

Copia o no, (en medio de una avasallante campaña publicitaria, aunada, como gran novedad, a sus complementos en internet) ya es un éxito y lo será más, gracias a la parafernalia, la gran inversión, el elenco y, en especial, quieran o no y lo sigan negando, a la fórmula que impuso y seguirá imponiendo Yo Soy Betty, la Fea forever and ever. Un fantasma eterno e indestructible.

 

Rubén Aviña.

 

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