Veía el otro día en televisión un programa sobre avispones. Y había dos clases: los negros (grandes, para su especie, belicosos, saqueadores y asesinos), conocidos también como los habitantes del imperio del bambú, ya que ahí nacen, crecen y viven. Y el otro grupo es el de los avispones amarillos: (tamaño pequeño, pacíficos, organizados, trabajadores). La cuestión es que los avispones negros aprovechaban su tamaño para invadir las tranquilas colmenas de las demás especies de abejas y avispones trabajadoras, con el único fin de alimentar a los de sus propias colmenas.

Una mañana muy temprano salió un pequeño grupo de avispones negros decidido a acabar con la defensa de los avispones amarillos. Era como ver salir aviones de guerra desde un hueco en la tierra y elevarse hasta lograr estabilidad. Pues este pequeño grupo, logró su objetivo. De manera cruel arrancaron cabezas, mataron montones de los amarillos y devoraron las larvas. Incluso, acabaron con la vida de la reina. Encontraron en su armadura un pequeño orificio, a través del cual inocularon su veneno mortal. Algunos guerreros, al ver a su reina caída, acudieron en su ayuda, pero era demasiado tarde. Había muerto. Así que los pocos amarillos que quedaron, huyeron de su colmena, se quedaron sin hogar.

Los avispones negros, regresaron a casa con su botín. Alimento para los suyos y mucho más.

Cuando vi todo esto no pude evitar comparar. Ese minúsculo mundo de las avispas, las hormigas y las abejas, es exactamente igual al nuestro. Y también el mundo de los microbios y bacterias. Ni hablar del mundo salvaje. Es la ley de la vida. Sorprendida concluí que así somos los humanos. Ese vuelo de los avispones, solo pudo recordarme un avión de guerra. El feroz ataque me hizo recordar al más cruel que imagines entre nosotros. Sí. En esas colmenas hay luchas de poder, abusos de toda índole, saqueos, asesinatos, pérdidas y muerte.

 

bambu

 

La única diferencia entre ellos y nosotros es que ellos solo son lo que son. Seres que obedecen a algo que está más allá de su existencia, más allá de su instinto, algo que incluso está más allá de cualquier concepto nuestro. Son inocentes de naturaleza. Mientras que nosotros los humanos somos todo lo contrario. Tenemos todos estos datos y creencias de cómo debemos ser, de qué es lo correcto y lo incorrecto, que nos culpamos hasta morir. De hecho, morimos más por culpa que por causas naturales.

Y esa culpa de ser como somos es nuestra honra. Cargarla a cuestas para nuestro mundo es un símbolo inequívoco de bondad.

Me pregunto: ¿Qué pasaría, si apelando a nuestra inteligencia, lográramos aceptar nuestra innata inocencia? ¿Qué pasaría si comprendiéramos que nos guía el viento, al igual que al bambú?.


«Los lobos no entienden de remordimiento ni los piojos vacilan… En este planeta del Sol tener siempre la conciencia clara y libre de dudas es el signo paradigmático de las bestias.»  Wislawa Szymborska, La honra de sentirte mal contigo mismo, 1976


 

Gracias por leerme.

Vivi Cervera.

 

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