No escribiré aquí sobre eso que leemos en todos lados de que madre no hay sino una, o de que son lo mejor que existe sobre la tierra. Y no lo haré porque las percepciones nos dicen claramente que en este mundo hay de todo. Y también porque prefiero contarte lo que olvidaste cuando elegiste nacer, o lo que olvidaste cuando elegiste ser madre.

La mujer cuando es joven y fértil, escucha a lo lejos una risa traviesa, una vocecita que no sabe exactamente de dónde viene, pero que le dice:

Mami, llévame a donde tú estás, quiero que seas tú quien me permita nacer.

La mujer a ratos escucha esto, y a ratos no. Sin embargo, un buen día, quizá sin pensarlo, quizá demasiado rápido, se da cuenta de que trae un alma en su vientre, y a partir de ahí, el juego de vivir deja de ser sólo de ella y pasa a ser algo de dos.

Si la pequeña alma sólo busca una experiencia corta en esta dimensión desde el vientre de su madre, entonces usará la vida de ella, su dolor y su cuerpo, para regresar rápidamente al lugar de donde partió. Esto ante la sociedad devoradora que llevamos dentro, será considerado un aborto y la madre pagará con lágrimas el precio, hasta que un día se dé cuenta de que así tenía que ser, de que esa vida sólo necesitaba de ese pequeño instante para existir y que ella sólo fue el canal que le facilitó la experiencia, el viaje.

Si la pequeña alma elige nacer, entonces se hará aún más visible, casi palpable el que llamo el velo del olvido. Tanto a la madre como a su hij@ se les olvidará la verdadera razón por la cual se encontraron y tendrán que descubrirla junt@s. La madre dará a luz, con todo lo que esto implica. Y pasará a ser parte de la experiencia de vida de su hij@. Su karma o su bendición.

Si la pequeña alma necesita ser dada en adopción o ser abandonada para completar su aprendizaje en este mundo, entonces su madre, en medio de una confusión infinita y generalmente en medio de un gran dolor, la entregará a quien corresponda, a quien la vida misma haya designado como madre adoptiva.

Para much@s hij@s, la madre es una experiencia negativa, desagradable, kármica.  Pero ¿Qué fue lo que originó esto?

Una memoria.

Toda mujer que da a luz, se compromete a traer a uno de sus ancestros a este planeta. Una hija o un hijo es esto mismo: Un antepasado por medio del cual hay que sanar. Así que en algunos casos la madre no sabe por qué rechaza a una de sus hijas, no sabe por qué la hiere, por qué la trata mal, ignora porqué siempre está en desacuerdo con sus decisiones. Ella no recuerda lo que antes sucedió (en otras vidas, en otros tiempos) porque tiene encima de sus sentidos el velo del olvido.

La hija se pregunta: ¿Por qué siendo mí madre parece mi enemiga? ¿Por qué parece que me odia?

La hija, como tú y como yo, sólo puede ver al mundo a través de una película, misma que contiene su paquete de recuerdos, entre los cuales viene su madre. Su misión aquí en la Tierra será aceptar lo que llega, aceptar su resentimiento, aceptar su sufrir, aceptar ese lugar vacío que jamás ocupó su madre. Aceptar que así fue y sobre todo, que no fue personal.

El juego es difícil de jugar.

A muchas personas les toma una vida comprender la mecánica del aprendizaje en esta dimensión. Aprender que los odios no son malos, que también sincronizan otros mundos, otras vidas, otros tiempos. Aprender que como dijo Richard Bach, el odio es el amor sin los datos suficientes. Aprender que no son sus madres, que no son ellas, que siempre hay una fuerza superior manifestándose aún en el resentimiento más profundo. Aprender que tus hij@s no son del todo tuyos, que son hij@s de la vida y de la voluntad divina (como escribió Gibrán). Aprender que sin esta forma de vida terrenal, que aparentemente es absurda, no tendría sentido nuestra existencia, no tendría sentido el que yo te escribiera, o el que tú y yo hubiéramos nacido.

Entonces, como haya sido, gracias mamá.

Gracias por leerme.

 

Vivi Cervera