Cuando vi «El discurso del rey», la película ganadora del Oscar en el 2011, quedé profundamente conmovida por lo que en el transcurso de la misma, significan los miedos, los enojos, los silencios obligados, y las palabras. Es la historia de Bertie (Colin Firth), a quien una serie de sucesos lamentables, le llevaría a ascender rápidamente al trono como Jorge VI. El gran problema que enfrentó, es que desde siempre había sido tartamudo y esto le impedía por completo dirigirse a su pueblo como debería ser.

Entonces por consejo de su esposa, Bertie comienza a asistir a sesiones terapéuticas con Lionel, un fonoaudiólogo australiano, poco ortodoxo y bastante excéntrico diría yo, por lo que al inicio hay ciertos conflictos entre ellos. El método del terapeuta era enseñarle al rey a expresarse, enseñarle que no hay peligro en comunicarse, que no hay palabras malas o groseras, que él podía lograrlo.

Es así como llega una escena maravillosa en el consultorio de Lionel, donde el rey, paseando de un lugar a otro repetía: mierda, mierda, mierda, mierda, mierda, mierda. Una y otra vez, disfrutando del sonido, liberándose, siendo él mismo, pudiendo al fin decir lo que siempre se le prohibió. De manera que juntos se dan cuenta de que cuando Bertie está enojado, no tartamudea. Y en esa realidad comienzan los cambios.

Mientras transcurría esta escena yo sentía lo liberador que puede llegar a ser el decir aquellas palabras comunes etiquetadas como groseras, aquellas que por alguna razón tenías prohibidas o que por alguna razón nunca te permitiste decir. De hecho creo que si las sabes usar, pueden desencadenar interminables episodios de risa, pueden incluso ayudarte a superar momentos difíciles. A veces simplemente brotan, surgen solas, y aún a ellas hay que apreciarlas porque simplemente nada es casualidad, ni siquiera las palabras calificadas como groseras.

En todo caso, entre Bertie y Lionel, nace una amistad inquebrantable, aún en medio de discusiones, pruebas y conflictos. Al final, el rey pronuncia perfectamente un discurso que llega al corazón de su pueblo, en tiempos de guerra, donde más se necesita de la liberación interior.

Concluyo con dos lecciones importantes:

  1. Que en ocasiones, una palabra que hemos calificado de mala, negativa o errónea, bien utilizada, puede liberarnos de un instante de cólera, de confusión, de dolor.
  2. Que no hay palabras groseras como tal, que nosotros somos los dueños de las interpretaciones y de los significados.
  3. Que el enojo siempre es un despertador.

Creo que ya sabes que me encanta el cine, que amo las películas. Por aquí iré dejando mis percepciones de las que más llaman mi atención, de las que me enseñan tanto como me gusta.

Gracias por leerme.

 

Vivi Cervera

 

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